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El duende de Zaragoza

Todo sucedió hace setenta y un años. Una voz que surge de una hornilla, una familia aterrorizada, y toda una Zaragoza asustada e intrigada a partes iguales. El suceso marcó una época.

27 de Septiembre de 1934. Zaragoza, concretamente a la calle Gascón de Gotor, número 2.
Abrimos la puerta, y entramos en la casa. Nos dirigimos hacia la cocina, lugar donde esta misma noche, comienzan a sucederse los hechos. Allí encontramos a Pascuala Alcocer, criada de la familia Grijalba, que se encuentra terminando de fregar una alta pila de platos. El reloj marca pasada la medianoche, y sudorosa, seca su frente con el brazo. Dispuesta a acostarse, podemos verla apagar la luz tras pasar a nuestro lado. Ahora la casa queda sumida en un silencio estremecedor. Sin embargo, antes de que Pascuala cierre la puerta de la cocina, alguien habla desde dentro. Alguien que la llama por su nombre, y después estalla en una carcajada?
Nos encontramos ante un edificio alto, de cuatro pisos, haciendo esquina. Comenzar a subir poco a poco hacia el segundo piso.
Todos se cuestionaban sobre quién podía ser el bromista. Sin embargo, esa pregunta quedaría sin contestación… Durante los días siguientes sólo se escucharon ruidos extraños a últimas horas de la noche. Eran más breves y sonaban más alejados, por lo cual la vecindad no les otorgó tanta importancia. El fenómeno cesaba tres o cuatro días después y el desagradable asunto comenzó a quedar en el olvido.
Pascuala Alcober, la criada
El 15 de Noviembre, y de nuevo a primera hora de la mañana, Isabel, la inquilina del segundo derecha, escuchaba de labios de su criada de 16 años, Pascuala Alcober, que una lastimera voz masculina le había dirigido la palabra en la cocina, a pesar de encontrarse completamente sola en la estancia. Al día siguiente, cuando la muchacha cerraba la trampilla del fogón, la propia dueña del piso pudo oír un chillido varonil que se articulaba en un “¡ay!” de dolor, y que a continuación exclamaba: “María, ven”. Presas de un intenso pánico, las dos mujeres salieron a la galería pidiendo auxilio. Alarmados por los lamentos de angustia, varios vecinos aparecieron a los pocos segundos por las escaleras de acceso a la segunda planta.
Escaso tiempo después, el grupo de personas volvía a escuchar con nitidez la estremecedora voz que surgía del fogón. Convencidos de que no se trataba de ninguna broma macabra, decidieron presentarse inmediatamente en la comisaría para denunciar el hecho a las autoridades locales. A partir de ese momento la Policía y la Guardia de Asalto comenzaron a investigar, por primera vez en nuestro país, un presunto fenómeno sobrenatural. Pocos minutos después de haber sido puesta la denuncia, un agente del Cuerpo de Policía entraba en la cocina dirigiéndose directamente hacia la hornilla, al tiempo que se burlaba del gentío que se había reunido para presenciar el hecho. Al remover el interior del fogón con el gancho destinado a tal efecto, sonó de nuevo un sonido bronco, una voz que en la lejanía gritó: “¡Ay, ay, que me haces daño!”. Las burlas cesaron de inmediato. Se realizó un minucioso registro en toda la vivienda para comprobar si la misteriosa exclamación partía de alguna persona oculta en uno de los pisos superiores. Como medida suplementaria, varios guardias subieron al tejado y cortaron las antenas de radio, llegando incluso a cavar un foso alrededor del edificio para descubrir si había algún cable enterrado.
Edificio donde ocurrieron los hechos.
En vista del resultado negativo de las pesquisas oficiales que se llevaron a cabo desde el martes 20 al viernes 23 de noviembre, la Policía supuso que debía tratarse de un excepcional hecho paranormal, y como se daba la circunstancia de que la sirvienta de la casa estaba presente siempre que se oía la voz, llegaron a pensar que el fenómeno tenía su origen en ella.

Gemidos y lamentos cuando se tocaba la llave del paso de humos: “¡Ay!”.
Saludos: “Buenos días”.
“¡Ya estoy aquí, ya estoy aquí...!”.
“Buenos días, camaradas”.
“Ya estoy aquí. Cobardes. Cobardes”.
Cuando un fumador ofrece un cigarrillo a otro: “Fumar, fumar”.
Si un niño lloraba: “No llores”.
Al acabar de cenar: “Ya voy, ya voy...”.
Cuando los curiosos preguntaban por el duende: “Aquí estoy ya”.
Midiendo el cañón de la chimenea: “No se molesten, el diámetro es de quince centímetros”.
A un arquitecto que iba a picar en la chimenea: “¡Como piques ahí, me traslado a tu casa!”.
A un visitante con barba: “¿Pero este señor no sabe que existen en España fábricas de hojas de afeitar?”.
Cuando un invitado pide el Heraldo de Aragón para ver cómo trata el asunto: “El Heraldo no, que no trae nada, porque no me hace caso...”.
Nombres: “María, ven”.
“Isabel”.
“Antonio”.
“Trudis”.
Si alguien apagaba la luz para comprobar si el “duende” también veía el interior de la cocina: “Luz... que no veo”.
“No apaguéis la luz”.
“No apaguéis, que no se ve”.
Cuando alguien fue a buscar astillas para el fuego: “¿Para qué vas a buscar astillas, si hay gas?”.
Al encender el hornillo: “No enciendas fuego, que me quemas”.
Conversaciones con el padre de Arturo Grijalba (1ª) y con los inspectores después (2ª):
1ª -“Venga, si tan listo eres, dime cuántos estamos aquí”.
-“¡Trece!”.
-“¡Bah!, te has equivocado, estamos doce”.
-“¡Trece, sois trece!”.
2ª -“¿Quién eres? ¿Por qué haces esto? ¿Quieres dinero?”.
-“No”.
-“¿Quieres trabajo?”.
-“No”.
-“¿Qué quieres, hombre?”.
-“Nada; no soy hombre”.
Cuando Arturo Grijalba dice; “Vámonos a dormir, que este tío es un chalado”: “Chalao, no, pequeño; chalao, no”.
A la policía: “Cobardes, ¿para qué tanta gente y tantos guardias?”.
“¡Ya están aquí los guardias!”.
Al sacar un agente de Vigilancia la pistola del bolsillo del abrigo para guardarla en el bolsillo del pantalón: “Con la pistola, no”.
Adivinando la llegada de los guardias: “Los guardias, los guardias”.
A los jueces municipales del distrito segundo: “Si”.
“No”.
“Ladrones”.
A todo el vecindario: “¡Cabrones!”.
“Voy a matar a todos los que viven en esta casa”.
Despedida: “Adiós, salud”.
“Y por hoy, basta”.
“Buenas noches”.
“Adiooos, adiooos”.

Policías dentro de la cocina donde se producian los hechos.
El vocabulario empleado por la misteriosa voz se limitaba únicamente a nombres, palabras sueltas, lamentos, gemidos, alguna que otra pregunta y, en rara ocasión, a frases más o menos largas. Una de las incógnitas que nunca nadie supo explicar correctamente, fueron el porqué de tan breves intervenciones. Se dijo que era una voz varonil, aunque hubo personas que en alguna ocasión oyeron un tono aflautado parecido al de una mujer joven. Las exclamaciones más célebres del duende fueron:
Conversaciones con el duende.
El gran vidente aragonés Tomás Menés
Jueces y forenses en Gancon de Gotor 2
Exterior del edificio. Dónde vemos la gran expectación que despertó estos hechos.
Las víctimas del “duende”. Antonio Palazón y su esposa abandonan la casa tras varias noches sin dormir.

El final del duende.

Tras el veredicto de dos jueces la respuesta fue la misma. El duende se debía a un fenómeno psíquico que se producía tan solo en determinadas ocasiones. Todo estaba aclarado según el juez. Sin embargo, el mayor problema aún seguía en pie; el duende no se había marchado.

Sin embargo, el caso debía de ser cerrado rápidamente para devolver el orden a la ciudad.

El informe forense apuntó a Pascuala Alcocer como responsable de la voz de la hornilla, a pesar de que esta también se manifestara incluso cuando ella no estaba en casa.

Pascuala fue desterrada a su ciudad natal.

Y una fría noche de Diciembre de 1934, el duende desapareció dejando un mensaje aterrador ¡Voy a matar a todos los habitantes de esta maldita casa, cobardes!

La noche en la que el duende se marchó, murió en un barrio vecino: Asunción Jiménez, tras realizar una sesión de espiritismo ¿Casualidad o la promesa del duende se había hecho real?

Nadie tiene la respuesta, pero lo cierto es que setenta y un años son pocos años para olvidar un caso de semejante calibre. Y pocos son los que olvidaron. Y muchas las referencias que pueden encontrarse en Zaragoza con respecto a este hecho? El duende de la hornilla.

La cocina del Duende.
Pascuala, aterrada, corre a la habitación del matrimonio para pedir ayuda, mientras nosotros quedamos aún a oscuras en mitad de la cocina, escuchando a nuestra espalda la risa de ese enigmático personaje..
Intentando explicar el hecho con el cansancio de Pascuala, nadie le dio más importancia al hecho. Sin embargo, aquel macabro juego tan solo estaba en proceso de gestación