- Pues que trabajen tus hijos por tí -dijeron los chicos.
- Mis hijos no pueden trabajar porque son pequeños y está prohibido que trabajen -dijo el vecino.
Pues recoge unas firmas y cambia la ley para que los niños puedan trabajar -dijo uno de los chicos.
El hombre no les replicó nada y se metió para dentro. Los chicos siguieron cantando mientras se alejaban. A cada paso que daban les reñía un vecino y los chicos les contestaban las mismas cosas. Al día siguiente el vecino se puso a recoger firmas para que cambiasen la ley. Primero empezó por su barrio, luego por su ciudad y más tarde y siempre en fines de semana recogió firmas por todo el país. Las firmas fueron suficientes y se cambió la ley pudiendo por fin trabajar los niños. Los chicos del jueves se enteraron del cambio de ley y se sintieron orgullosos. Salieron a celebrarlo porque sin quererlo se había impuesto su filosofía de vida. Esta vez cantaron más fuerte por la calle hasta que se escuchó:
- Ssschhh- alguien les reclamó silencio.
- No nos mandes callar y vente con nosotros de marcha- dijo uno de los chicos.
- No puedo porque tengo que trabajar para dar de comer a mis padres -dijo un inocente niño.